Análisis de política pública, gobernanza y desarrollo territorial en El Salvador y Centroamérica.

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El territorio como proyecto político: desarrollo humano, sistemas de actores y diseño de política desde abajo

Existe una confusión persistente en el lenguaje de la política local salvadoreña: llamar "trabajo de territorio" a lo que en realidad es presencia territorial. Visitar comunidades, tomarse fotos, repartir materiales o asistir a actividades es parte del vínculo político con la ciudadanía, y tiene su valor. Pero confundirlo con el desarrollo territorial es un error conceptual que tiene consecuencias prácticas reales: produce intervenciones desconectadas de las necesidades reales, planes que no se sostienen y representación que no representa.

Este ensayo propone un marco diferente. Uno que entiende el territorio no como un destino de visitas sino como un proyecto político circunscrito geográficamente, con actores, intereses, capacidades y posibilidades de futuro que deben ser comprendidas antes de ser intervenidas.

El enfoque de capacidades de Amartya Sen

El economista y filósofo indio Amartya Sen, Premio Nobel de Economía en 1998, desarrolló a partir de los años ochenta lo que hoy se conoce como el capability approach o enfoque de capacidades. Su premisa central es tan simple como radical: el desarrollo no debe medirse por el crecimiento del PIB ni por el ingreso per cápita, sino por la expansión de las libertades reales que las personas tienen para llevar la vida que valoran.

Sen distingue entre dos conceptos fundamentales: los functionings (realizaciones) y las capabilities (capacidades). Los primeros son los estados y actividades que una persona logra efectivamente. Las segundas son las libertades reales para alcanzar esos estados. Una persona puede tener acceso formal a la educación pero carecer de la capacidad real de aprovecharlo si vive en pobreza, si cuida a familiares enfermos o si la escuela más cercana está a horas de distancia.

Esta distinción es crucial para el diseño de política pública local: no basta con que existan los programas. Importa si las personas tienen las condiciones reales para beneficiarse de ellos.

En su obra más influyente, Development as Freedom (1999), Sen amplía este marco para argumentar que el desarrollo es, en esencia, un proceso de remoción de libertades negadas: la pobreza, la tiranía, la escasez de oportunidades económicas, la privación social sistemática y el abandono de los servicios públicos. Desde esta perspectiva, el desarrollo local no puede reducirse a la entrega de infraestructura o servicios. Requiere ampliar el rango de opciones reales que las personas tienen para construir sus propias vidas.

El territorio como sistema de actores

Entender el territorio como proyecto político requiere abandonar la imagen del espacio geográfico como contenedor pasivo de personas y recursos. El territorio es, antes que nada, un sistema de actores: una configuración dinámica de individuos, organizaciones, instituciones y redes con intereses, capacidades, conflictos e historias propias.

El economista chileno Sergio Boisier argumentó que el desarrollo territorial no ocurre en los territorios sino en los actores que los habitan. Su propuesta de los "capitales intangibles del territorio" subraya que las capacidades de los actores locales, su cohesión social, su identidad compartida y su aptitud para la acción colectiva son tan determinantes para el desarrollo como la infraestructura física o los recursos naturales.

Desde esta perspectiva, el primer paso del trabajo territorial serio no es llegar con soluciones. Es mapear el sistema de actores: quiénes están presentes en el territorio, qué intereses tienen, qué capacidades poseen, qué conflictos los atraviesan y qué les impide lograr lo que valoran. Sin ese mapeo previo, cualquier intervención corre el riesgo de responder a la percepción de quien diseña desde fuera, no a las necesidades reales de quienes viven dentro.

El diseño de política desde abajo

La tradición del diseño de política pública desde arriba (top-down) parte de la premisa de que los problemas pueden ser identificados y las soluciones diseñadas por actores externos al territorio. Este modelo tiene virtudes en contextos donde la capacidad local es limitada. Pero tiene una debilidad estructural: tiende a producir intervenciones que no se sostienen porque no construyen capacidades locales ni generan apropiación por parte de quienes las reciben.

El diseño de política desde abajo (bottom-up) invierte esa lógica. Parte del reconocimiento de que las personas y comunidades no son beneficiarias pasivas del desarrollo sino agentes activos de su propio proceso. Las intervenciones que funcionan no son las que llegan al territorio, sino las que surgen de él: de un diagnóstico participativo, de una negociación entre actores con intereses distintos y de acuerdos sobre prioridades que los propios actores sienten como propias.

Esto no significa que el Estado o los partidos políticos deban desaparecer del proceso. Significa que su rol cambia: de diseñadores de soluciones a facilitadores de procesos deliberativos donde las soluciones emergen desde abajo. Es un rol más exigente, menos visible y más difícil de fotografiar. Pero produce resultados que ninguna visita puede producir.

Representación de intereses y diseño de futuro

La representación política territorial no es solo una función electoral. Es una función de intermediación entre los intereses del territorio y las estructuras de poder donde se toman las decisiones que los afectan. Para cumplir esa función con eficacia, quien representa necesita conocer el territorio con profundidad: no solo sus problemas visibles, sino su sistema de actores, sus conflictos latentes, sus capacidades subutilizadas y sus proyectos colectivos en construcción.

El diseño de futuro de un territorio es un proceso deliberativo donde los actores locales construyen colectivamente una visión compartida de lo que quieren que su territorio sea en el mediano y largo plazo. No es un ejercicio académico ni un documento administrativo. Es un acuerdo político sobre prioridades, responsabilidades y compromisos.

Cuando ese proceso funciona bien, produce algo que ningún plan diseñado desde fuera puede replicar: un sentido de apropiación colectiva del futuro. Las personas no solo saben hacia dónde va su comunidad. Sienten que ellas mismas lo decidieron. Y esa diferencia es la que determina si las intervenciones se sostienen cuando el partido o el funcionario que las impulsó ya no está.

Conclusión: el territorio merece más que presencia

El trabajo territorial serio requiere tiempo, metodología y humildad intelectual. Requiere saber escuchar antes de proponer, mapear antes de intervenir y construir con los actores locales en lugar de para ellos. Requiere entender que el desarrollo, como nos enseñó Sen, no es lo que llega desde afuera. Es lo que las personas pueden hacer con lo que tienen cuando se amplían sus libertades reales.

Los territorios de El Salvador no necesitan más presencia política. Necesitan más proyectos políticos genuinamente construidos con ellos. Esa es la diferencia entre gobernar un espacio geográfico y representar a las personas que lo habitan.


Referencias

  • Sen, A. (1999). Development as Freedom. Oxford University Press.
  • Sen, A. (2009). The Idea of Justice. Harvard University Press.
  • Boisier, S. (2001). Desarrollo (local): ¿De qué estamos hablando? En Transformaciones globales, instituciones y políticas de desarrollo local. Homo Sapiens Ediciones.
  • Robeyns, I. (2005). The Capability Approach: a theoretical survey. Journal of Human Development, 6(1), 93–114.
  • PNUD (1990–2026). Informe sobre Desarrollo Humano. Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo.